domingo, 24 de septiembre de 2017

Salir del mundo

Nada me inquieta
La plenitud del Ser
es mi esencia




Siempre pensé que salir del mundo era sinónimo de morir y que morir era ese estado del cuerpo en el que un médico puede certificar la muerte de una persona previa comprobación de sus constantes vitales. Pero ¿qué subyace tras esta idea de la muerte que entraña también una definición de la vida como su opuesto? Tras esta idea subyace la identificación de la persona con el cuerpo. Esto es algo que en la vida cotidiana se da por supuesto y uno no se cuestiona que cuando se habla de la muerte de una persona se está diciendo que esa persona era su cuerpo. La mayoría de nosotros hablamos, actuamos y pensamos bajo esa premisa: Yo soy mi cuerpo. Por tanto si pierdo mi cuerpo he dejado de existir. Mi cuerpo es lo que me identifica como persona, aunque dentro del concepto de cuerpo, también de manera tácita y casi inconsciente, incluyo la mente, mi mente, mis pensamientos. ¿Qué le ocurre a una persona que no pierde su cuerpo, pero pierde su mente y con ella sus pensamientos y sus recuerdos? Pierde su identidad, se convierte en un mueble, un muerto en vida.

Ciertamente el cuerpo y los pensamientos nos definen como individuos separados distintos a todos los demás. Pero, ¿soy yo eso? ¿Mi ser se reduce a mi cuerpo y mis pensamientos? ¿Es eso todo? Muchos de nosotros intuimos que hay algo más, pero no somos capaces de identificar ese algo. Ahora bien, si esta identificación del yo con el cuerpo y los pensamientos es correcta habrá que aceptar que el yo es algo tremendamente frágil y efímero. El cuerpo está expuesto a todo tipo de vicisitudes durante la vida y su fin no puede demorarse. Por su parte los pensamientos son inconstantes y mudables, sujetos siempre a errores y confusiones y van ligados a una mente que, como el cuerpo, es frágil y evanescente.


El hecho es que en nosotros hay dos mentes. Una a la que podríamos llamar “pequeño yo” a la que es aplicable todo lo dicho y otra a la que se ha venido a llamar “Yo” con mayúscula o “Sí mismo”. La primera de ellas, el “yo” con minúscula, se identifica plenamente con el cuerpo y los pensamientos y no concibe que pueda haber nada más aparte de esto. Todo lo más está dispuesta a aceptar la religión como algo necesario para tranquilizar la conciencia y tratar de superar el miedo. El yo es un gran individualista, se considera separado del resto de los mortales con los cuales se ve obligado a competir por conseguir los siempre escasos bienes que desea. La vida es para él una alternancia entre placer y dolor; desea el placer y teme el dolor. Es por eso que la vida del yo transcurre entre el temor y el deseo.


Por el contrario, el Yo se identifica con la mente superior en la cual reside la conciencia. El Yo no es el cuerpo ni los pensamientos asociados a él. El Yo no sufre carencias porque es completo en sí mismo. El Yo no es individual o personal sino universal y por tanto no considera a los demás seres como separados sino que los ve inmersos en la unidad de todo lo que existe. Esta misma unidad implica que el Yo no padezca temor porque donde hay unidad no puede haber ataque. El Yo no busca placer en nada porque no carece de nada. El Yo está fuera del tiempo porque no está sujeto al cambio. El Yo no puede morir porque es la misma fuente de la vida.


Pero lo extraordinario es que estas dos mentes están en cada uno de nosotros, en esto no hay diferencias. La diferencia estriba en cual de las dos predomina. Si es la mente asociada al yo, la otra mente quedará oscurecida y la persona vivirá sujeta al temor y al deseo. Por el contrario, si la que predomina es la asociada al Yo, la persona se elevará sobre temores y deseos y podrá vivir desapegada de las cosas temporales. Conocido esto, cuál sea ese predominio será una cuestión de elección por parte de la persona, si bien serán necesarios tiempo y constancia por su parte para conseguir que el pequeño yo, celoso de su espacio, ceda terreno al Yo. Al principio esta lucha puede parecer desigual y esto es porque el Yo no participa en ella, lo cual es comprensible entendiendo lo que antes se ha dicho sobre él. Esta pugna podría compararse con la situación de una persona que está en la oscuridad de una habitación mientras en el exterior brilla el sol. La luz del sol no luchará por penetrar en la habitación, pero abierta la ventana (retirado el obstáculo) la luz la inundará. Del mismo modo, la persona no hace nada realmente para relegar al yo a un segundo plano; más que un hacer se trata de un no-hacer o un hacer-no-haciendo (el Wei-Wu-Wei del Tao); es un apartarse y dejar de ser obstáculo, un dejar hacer: Cuando el yo se retira el Yo ocupa el lugar que le corresponde.


El maestro Dogen lo expresa de esta manera tan sencilla: “Salir del mundo es estar sin pensamientos”.

viernes, 25 de agosto de 2017

Las olas

Las olas surgen en el Océano. Antes de ser olas son Océano; mientras son olas siguen siendo Océano y luego, al morir, no dejan de ser Océano. Tal vez la ola pueda pensar y crea que es por sí misma, pero no por eso dejará de ser Océano. Pobre ola, no se da cuenta que haga lo que haga y piense lo que piense es Océano y por serlo es completa, nada le falta. Pero por creerse independiente y distinta de las demás olas se siente incompleta e infeliz. Pobre ola.

domingo, 7 de mayo de 2017

La bruma

Cuando contemplamos un paisaje sumido en la bruma es difícil hacerse una idea exacta de lo que vemos; los contornos se difuminan y no es fácil saber dónde acaba una cosa y empieza otra. Nuestra idea del mundo es muy parecida a esa imagen del paisaje dominado por la bruma, ya que una mente dividida no puede ver con claridad. Lo que vemos del mundo no es el mundo realmente, sino nuestra idea del mundo, la cual tiene más que ver con nosotros mismos que con algo exterior a nosotros. En realidad no hay nada fuera de nosotros y por tanto no podemos ver más que las imágenes que nuestra propia mente crea. El mundo no tiene existencia autónoma, depende de nosotros para existir. Y por otra parte, no hay muchas mentes, sino una sola y es en esta única mente donde el mundo aparece como una imagen más parecida a un sueño que a algo real. Lo real es único, permanente e indivisible; lo irreal es múltiple, impermanente y dividido. No somos capaces de recordar cómo la idea de la división apareció en nuestras mentes, pero lo cierto es que nos encontramos en el mundo a causa de esa idea. La creencia de que yo soy único e independiente, diferente a cualquier otro y separado del resto del universo ha dado lugar al mundo y a mí en él. En esta idea de división tienen su raíz todos los males, la enfermedad, la muerte, la carestía, el odio…, así como el temor que les tenemos. Mientras sigamos asentados en esa creencia sin siquiera cuestionarla sentiremos separación y dolor. Pero cuando vengamos a descubrir la verdad, que no hay separación, que todos somos uno y lo mismo, caerán los muros que han creado la ilusión. Entonces la niebla se disipará y podremos ver una realidad luminosa  y fuera del tiempo donde no hay lugar para ningún temor pues nada hay que pueda amenazarla.

domingo, 30 de abril de 2017

Hacer pan

Ahora que estoy aprendiendo a hacer pan me doy cuenta de su significado espiritual. Cuatro ingredientes son necesarios para hacer pan: harina, agua, levadura y sal. Cada uno de ellos tiene su significado a nivel espiritual. La harina representa a los seres humanos, el agua la pureza y limpieza de corazón; la sal y la levadura son la palabra de Dios. Cuando los seres humanos (la harina) reciben la palabra de Dios (la levadura y la sal) con el corazón limpio (el agua) a través de los profetas y sacerdotes de la religión o de aquellos de entre ellos que la difunden y explican, dejan de ser simple harina para convertirse en masa que se deja trabajar por las manos de aquel que conoce su oficio. De esta forma agua, harina, levadura y sal dejan de estar separadas y se convierten en una sola cosa. Pero aún no está hecho el pan, todavía le falta un ingrediente, el calor. Este calor es el Amor de Dios y es el que hace que la masa se eleve y se convierta en pan  tierno y oloroso.

viernes, 7 de abril de 2017

No hay separación

Ser es sencillo
no tengo que hacer nada
basta confiar


No estamos separados unos de otros; la separación y el aislamiento son una creación de nuestras mentes y tienen su fundamento en ideas equivocadas. No es cierto que estemos separados, todos formamos parte de una misma cosa y compartimos un mismo ser y una conciencia únicas. Ese ser y esa conciencia única es la fuente del amor y de todo lo bueno, por eso el amor y la bondad nos hacen felices, mientras que sus opuestos nos roban la felicidad. Lo extraordinario es que no tenemos que hacer nada para alcanzar esto, nos basta con ser lo que somos, pero hemos ocultado nuestro verdadero ser detrás de la falsa idea de que somos independientes y capaces de algo por nosotros mismos, de tal forma que en lugar de no hacer nada, lo que hacemos es impedir con falsas ideas que nuestro verdadero ser se manifieste. Cuando nos dejamos ser confiando en el ser que somos y desechando la falsa idea de la separación y la independencia dejamos de ver al mundo a un lado y a nosotros a otro, entonces empezamos a sentirnos parte de un todo que nos hace plenos y los sentimientos de soledad, de vulnerabilidad, de pobreza y necesidad desaparecen para dar paso a un sentimiento de unión que nos completa y nos llena de amor hacia todo. No hay ninguna persona que no merezca ser amada, todos somos lo mismo, seres plenos capaces de dar y recibir amor. El amor no posee, da. Puedo amar a todos los que se cruzan conmigo sin necesidad de pararlos y tratar de convencerlos de que se dejen amar por mí. El amor no espera recibir nada, solo se da; y es así porque su ser es darse. El amor que busca posesión no es amor, tan solo es afirmación de mí como alguien que ha olvidado su verdadero ser y se ha refugiado tras los muros que su incomprensión han levantado. Cuando puedo amar sin esperar nada es signo de que he rechazado las falsas ideas y me he abierto a la verdad del ser que soy. Si puedo conseguir esto no es porque yo sea especial sino todo lo contrario es porque he recuperado mi verdadero ser, el que comparto con todas mis hermanas y hermanos en la vida. No es difícil alcanzar esto, lo difícil es ocultarlo, y eso es lo que hemos venido haciendo hasta ahora con grandes esfuerzos y sufrimientos, los que conlleva creer y vivir conforme a ideas falsas.

El verdadero amor acoge todo lo que llega y deja marchar lo que se va cuando llega la hora sin tratar de retenerlo. No desea la separación, pero tampoco se resiste a ella cuando llega el momento. Son solo los cuerpos los que se separan; en lo que es real no hay lugar para la separación.

martes, 10 de enero de 2017

Crear el mundo

No hay nada ahí fuera
Miro y las cosas son
Yo les doy el ser


Intento expresar en este haiku que las cosas y los acontecimientos que hay en nuestras vidas no son de por sí buenos o malos, somos nosotros quienes les conferimos ese carácter por medio de nuestros pensamientos. En este sentido, tal como dijo Buda, somos nosotros quienes creamos el mundo. Por ese motivo, un mismo hecho o acontecimiento puede tener significados completamente distintos y hasta opuestos para dos personas; así como para una sola a lo largo del tiempo. También por ese motivo dijo Jesús: "Allí donde está tu corazón está tu tesoro". Es así como aquello a lo que damos más valor llega a ser lo más importante en nuestra vida, aquello sin lo cual se nos hará difícil o casi imposible vivir. Por eso debemos ser conscientes de que al dar valor a las cosas ponemos nuestra vida en ellas. Esto conlleva el peligro de que al perder lo que más valoramos perdamos también lo que nos anima a vivir. Para evitar que esto ocurra solo hay un medio: valorar por encima de todo aquello que no puede desaparecer, aquello que no podemos perder. Ello no implica que dejemos de valorar lo demás, pero sí que es bueno poner un orden, establecer una prioridad para cada cosa. Y hay una, sólo una, en la que todo tiene su fundamento y razón de ser, siendo además permanente e inmutable. Si queremos ser felices esa única cosa ha de ocupar el primer lugar en nuestro corazón y el resto debe quedar en segundo lugar. Esta es la única forma de ser feliz sin estar expuesto a que esa felicidad desaparezca. Este conocimiento es tan antiguo como el hombre, pero por algún motivo lo hemos olvidado y ahora tenemos necesidad de recordarlo. 

Por otra parte, creo de verdad que cada uno de nosotros es un pensamiento en la mente de Dios. Si por un solo instante Él dejase de pensar en nosotros nuestra existencia acabaría en ese mismo momento. Pero puesto que Él es inmutable también lo son sus pensamientos; así, ese lugar que ocupa cada uno de nosotros en su mente es únicamente nuestro y lo será eternamente. Entonces, que dejemos de ver a alguien no quiere decir que haya desaparecido, sigue estando en la mente de Dios. Yo no soy mi cuerpo, tampoco soy mis pensamientos, soy más que todo eso y nunca dejaré de serlo. Ese ser verdadero está conmigo, siempre ha estado y siempre estará, pero yo lo he ocultado con mis pensamientos. Por eso es bueno practicar la meditación; estar sin pensamientos y contemplar el centro en el cual reside nuestro ser es volver al origen, regresar al Padre en cuya mente todos existimos.

¿Qué es la Verdad?

Desde un lejano patio de Oriente aún resuena esa pregunta: “¿Qué es la verdad?”. Y aquel a quien había sido dirigida guardó silencio.

“La Verdad no puede ser explicada, tan sólo puede ser indicada”, ha dicho Ramana Maharshi. Tal vez de ahí el silencio de Jesús ante uno que no era un buscador de la Verdad. Pero para aquellos que sí son sus buscadores hay muchas indicaciones que dar. La Verdad no requiere explicaciones porque se explica por Sí misma; las explicaciones sólo son necesarias cuando la Verdad ha sido olvidada, como es el caso en este tiempo, pero de su recuerdo depende nuestra Paz, porque es imposible tenerla sin ella. La Verdad no es complicada, es de una sencillez y simplicidad difíciles de imaginar; lo complicado es aquello que hemos querido poner en su lugar. La Verdad es Una porque no hay dualidad en ella; es Total porque abarca la totalidad. La Verdad no pertenece a nadie ni nadie puede apropiársela, pues sólo se pertenece a Sí Misma. El que creamos o no en Ella en nada la menoscaba ni acrecienta, pues es anterior al tiempo y no puede cambiar. Siempre ha estado ahí, permanente e inmutable; tan sólo se ha ocultado porque hemos querido poner otra cosa en su lugar. Esa fue nuestra voluntad y la Verdad la respetó porque nunca se impone con violencia, sólo se manifiesta cuando es aceptada libre y conscientemente. De ella provienen la Paz y la Sabiduría, el Bien y la Justicia, la Belleza y la Perfección; la Vida y su plenitud, que es la Felicidad.